El fin de la serendipia

El proceso actual de transformación tecnológica se expande de forma exponencial y remite a las tecnologías de procesamiento de la información y de la comunicación. No se trata sólo de la invención de nuevas herramientas, sino de procesos a desarrollar.

En el caso de Internet, apreciamos cómo ha cambiado el modelo lineal de comunicación. Antes era unidireccional, había un emisor y un receptor del mensaje; ahora es multidireccional, el receptor pasa a ser el protagonista y se transforma a su vez en emisor.

Este cambio ha afectado al concepto de objetividad aplicado a la información. Éste se encuentra lejos de la creencia ingenua en la capacidad absoluta de saberlo todo, pero tampoco es compatible con el escepticismo epistemológico, que propugna la objetividad imposible en un mundo en el que todo es relativo. Sin embargo, debemos ser cuidadosos con la tendencia generalizada a dejar atrás el término manipulación por el de distorsión, que admite la compatibilidad de la objetividad más severa con la libertad creativa más generosa.

Eli Pariser señala que el 36% de los americanos menores de 30 años obtienen sus noticias a través de las redes sociales. Estas, al igual que otros servicios que se nos ofrecen de forma gratuita como el buscador de Google o Yahoo News, utilizan un algoritmo basado en los datos que recopilan de sus usuarios para decidir qué información les resultará más útil con lo que, una búsqueda realizada por diferentes personas, dará lugar a múltiples y muy variados resultados.

“Saber que una ardilla se muere en tu jardín puede ser más relevante en este momento para tus intereses que saber que muere gente en África” – Mark Zuckerberg

Se trata de un cambio casi imperceptible del modo en que circula la información en la red pero, incluso antes de conectarnos, Google tiene en cuenta 57 indicios que “personalizarán” nuestros resultados (tipo de ordenador, explorador, ubicación…).

Las nuevas tecnologías han cambiado el modo en que nos comunicamos, en que recibimos las noticias, en que compramos… pero la personalización de este tipo de páginas implica un cambio en este tipo de relación nunca visto hasta ahora ya que nos incitan a comprar ciertos productos y nos alejan de otros, cambiando así la economía, de la cual también nos informamos a través de unas noticias específicamente seleccionadas para nosotros.

Es necesario tomar conciencia de que nada es gratis, estamos cambiando un servicio aparentemente gratuito por nuestra privacidad, un servicio que nos limita y desinforma al mismo tiempo que proclama hacer lo contrario.

En este nuevo negocio de la información, la moneda de cambio ya no es el dinero físico, sino los datos y características del usuario potencial. Se trafica con nuestra privacidad en favor de intereses económicos de grandes empresas, que pretenden descubrir qué tecleamos para influir en el resultado de nuestras búsquedas o colocar lo que denominan “publicidad contextual”.

Ya no es necesario prohibir o censurar, sino que, de un modo sutil y paulatino, se reduce el contenido al que podemos acceder, aunque permanece la falsa ilusión de racionalidad potenciada por la idea general de que “ahora existen más medios”.

Así pues, cuando creíamos que internet dejaba atrás a editores que controlaban el flujo de información y nos proporcionaba un intercambio libre, nos topamos con la nueva versión de estas figuras censuradoras, los algoritmos, con una pequeña diferencia que lo cambia todo, ni siquiera somos conscientes de los filtros que se nos imponen.

Esta personalización puede parecer, a priori, una gran ventaja en cuanto a la productividad, pero al centrarse en nuestro área de conocimiento, aunque sea para expandirlo, creamos sin saberlo una burbuja que, al estar compuesta por nuestros gustos y aficiones, nos proporciona un confort que nos incita a no mirar más allá, a permanecer en ella.

¿Cómo encontraremos entonces lo que ni siquiera sabemos que estamos buscando? ¿Somos totalmente conscientes de los filtros que se nos imponen y de cómo sortearlos?

Nuestras decisiones pasadas al utilizar cualquiera de los servicios que ofrece, por ejemplo Google, determinan nuestro presente y futuro a la hora de navegar por la red. Es el principio del fin de la serendipia.

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