ORALIDAD, ESCRITURA Y ELECTRÓNICA (I)

La memoria era para Aristóteles una facultad privativa de cierta clase de animales. Algunos, además de sensación, poseen memoria, pero otros no; y los bendecidos con semejante don son más inteligentes que el resto (980b1).  Aristóteles pensaba que la memoria era el receptáculo de la variedad de estímulos sensoriales, receptáculo en el cual la atención – determinada ya por los sentidos – fija unos aspectos de la realidad percibida y omite momentáneamente el resto. Sobre estos materiales puede luego actuar ese intelecto agente, responsable de la aparición del conocimiento conceptual y raciocinante, e ir más allá de lo meramente sensual.

Asombrados como estaban  los griegos por el descubrimiento de la actividad racional, no es de extrañar que uno de estos intrépidos pensadores, Platón, desconfiase de cualquier realidad que hiciera peligrar el buen funcionamiento de la memoria, tan importante para la aparición y conservación del conocimiento inteligible en el alma. El mito de Theuth nos presenta una oposición entre la memoria – μνήμη – y el mero recordatorio, esto es, entre lo interno y lo externo. La escritura, conjunto de caracteres externos, más que fármaco para la memoria frente al olvido, es el aliado de éste último (275a). Lo que está haciendo Platón es comparar la oralidad con la escritura.

La oralidad, la de los poetas – no los poetas actuales, sino los poetas épicos, constructores de la mitología que cimentaba las creencias y normas de las civilizaciones -, esa oralidad echaba mano de un conjunto de recursos auditivos tales como el ritmo para facilitar la memorización de lo que transmitía la tradición.  Tal es el caso de las comunidades tribales, en las que de generación en generación se transmiten los conocimiento míticos mediante poemas acompañados incluso por música. La única forma de recordar era hablar, esto es, decir lo que se ha dicho siempre, lo que han repetido los sabios de la tribu desde tiempos inmemoriales. “Cuando un pueblo es joven y se está haciendo, es cuando tiene sobre él mayor influjo positivo el pasado.”[1] Y se trata de “un pasado tan largo, de tan vago y remoto horizonte, que nadie ha visto ni recuerda su comienzo. En suma. Lo inmemorial.”[2]  “Uno de los pueblos más primitivos que existen es el de los indígenas australianos. Si investigamos cómo funciona su actividad intelectual nos encontramos con lo siguiente: ante un problema cualquiera, un fenómeno de la naturaleza, por ejemplo el australiano, no busca una solución que por sí misma satisfaga a la inteligencia. Para él, explicarse un hecho, verbigracia, la existencia de tres rocas en pie sobre la llanura, es recordar una narración mitológica que ha oído desde su infancia, según la cual en la antigüedad, o, como ellos dicen, en la alcheringa, tres hombres que eran canguros se convirtieron en aquellas piedras.”[3] Ortega nos muestra que el hombre primitivo no se sirve de su racionalidad, sino que recurre a toda una tradición mitológica que determina la actualidad del mundo. El hombre se muestra incapaz de desentenderse de la colectividad para explicar con su sola razón los problemas que se presentan. Continúan diciendo Ortega lo siguiente: “la colectividad aparece como algo de origen inmemorial. Ella es la que piensa por cada uno, con su tesoro de mitos y leyendas transmitido por tradición; ella la que crea las maneras jurídicas, sociales, los ritos, las danzas, los gestos. El australiano cree en la explicación mitológica precisamente porque no la ha inventado él, precisamente porque no tiene buen sentido racional. La reacción de su intelecto ante los casos de la vida no consiste en afrontar un pensamiento espontáneo y propio, sino en reiterar una fórmula preexistente, recibida. Pensar, querer, sentir, es para estos hombres circular por cauces preformados, repetir en sí mismos un inveterado repertorio de actitudes.”[4]

La oralidad mitológica es un modo de interpretar el mundo e interpretarse a sí mismo, y posee sus propios recursos nemotécnicos, todos ellos asociados con lo que se dice y se oye, como lo son el ritmo y el acompañamiento musical.  Conviene recordar cuán poderosa fue la técnica memorística oral aun cuándo la escritura ya se había asentado en Occidente. Recordemos la sorpresa de San Agustín en sus Confesiones, cuando encuentra al obispo Ambrosio leyendo en silencio. Hasta entonces era normal leer en voz alta.  Si tenemos en cuenta que en la escritura antigua no había espacios entre las palabras, ni signos de puntuación, no es de extrañar que la forma más sencilla de leer fuera hacerlo en voz alta. Pronunciar las sílabas significaba reproducir el texto en su oralidad, pudiendo distinguir así dónde empieza y dónde terminan las palabras y las oraciones, tarea imposible con el sólo recurso visual. Sólo cuando se introdujeron los espacios entre las palabras pudo la mente relajar su esfuerzo oral-auditivo para aprovechar los recursos visuales.

Ahora bien, no es la oralidad mítica la clase de persistencia en la memoria que Platón quiere salvar frente al peligro de la escritura. Más bien, se trata del conocimiento forjado por sí mismo, y de carácter inteligible. Es cierto que el conocimiento platónico tiene también un origen inmemorial: la visión de las ideas antes de nacer. El conocimiento en vida no es sino la reminiscencia de esa visión anterior, y la conservación de lo recordado, la conservación en esta vida de qué sea lo justo o lo bueno o cualquier otra idea, es lo que Platón no consiente perder. La escritura se presentaba como una memoria externa que hacía superfluo el esfuerzo de la mente. ¿Para qué memorizar algo si ya está conservado en un papiro, o en un pergamino? Frente a la sabiduría  real, se acaba teniendo una sabiduría aparente,  “habiendo oído [ mejor dicho, leído] muchas cosas sin aprenderlas” (275a-b). A mi juicio, se está jugando aquí la distinción entre erudición y sabiduría. Alguien que posee muchos datos es un erudito, pero quien elabora un sistema con ellos, quien les dota de íntima trabazón  y genera un sentido, ese es sabio. La sabiduría sólo nace de la memoria interna, que necesita del tiempo para precipitar en el alma. Es menester retener en la memoria la información y reabsorberla una y otra vez para ponerla en conexión y extraer algún sentido. Sin embargo, la escritura, algo externo, solo es un recordatorio, y no puede aspirar a suplantar a la memoria, y debe limitarse a auxiliarla. De lo contrario, es imposible que aparezca la sabiduría. Los datos irían y vendrían, e incluso al tonto engañarían, pero en verdad algo que no reposa en el alma no decanta ninguna sabiduría.

Ahora, en el siglo XXI, hemos desbordado con creces las posibilidades comunicativas. Estamos en la edad tecnológica, e Internet y la electrónica en general nos permiten disponer de la oralidad y de la escritura de un modo bien distinto. Oralidad y escritura quedan filtradas en la electrónica: la primera, por ejemplo, a través de las videollamadas, Skype; la segunda, a través del conjunto de las redes sociales y de Google como buscador universal de datos ¿Qué ocurre con Internet? ¿Amenaza de algún modo la memoria y la sabiduría humana, o son todo ventajas?


[1]    ORTEGA Y GASSET: El tema de nuestro tiempo (apéndice titulado El ocaso de las revoluciones), Espasa Calpe, Colección Austral, Madrid, 2003, página 160.

[2]    Ibid.

[3]    Ibid. página 161.

[4]    Ibid. página 162.

 

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