Serpientes, ciudades sumergidas y otros problemas (I)

ATENCIÓN: esto pretende ser más bien una serie de entradas en lugar de un artículo único. Lo que me gustaría es tocar una serie de temas y puntos relacionados con Metal Gear Solid 2 y el Bioshock original. La idea es hacer dos o tres entregas en las que se hablen de esos temas y aspectos para, al final, tratar de dar con algunas conclusiones. Por supuesto, no lo leáis si no os habéis terminado ambos juegos, o leed y sufrid las consecuencias.

¿Qué pueden tener estas dos cosas que ver: las serpientes y las ciudades sumergidas? Así, en principio, nada. Nada en absoluto. Aquí se termina mi reflexión. Un abrazo.

No, no, tranquilos, veréis que sí:

Siempre me llamó mucho la atención lo que ocurrió con Metal Gear 2 y el pobre Raiden. Yo, fan absoluto de la saga, nunca dejé incluso a mis tiernos 15 años de contemplar con estupor cómo se derramaban las críticas y declamaciones de miles de jugadores sobre el rubiales que se atrevió a robar protagonismo al mismísimo Solid Snake. El caso es que nunca pude dejar de pensar que el trato hacia Raiden fue injusto e injustificado. La gente se quejaba de que era un personaje malo, que era demasiado cobarde, que era imposible sentirse identificado con él, y otras muchas tantas cosas más fruto de la falta de perspectiva que de otra cosa. Raiden se asustaba, dudaba de lo que hacía, se arrepentía después de matar por primera vez a alguien: no era el prototipo de héroe de guerra intachable que sí era Snake, el antiguo protagonista y saltaba a la vista que no estaba hecho de la misma pasta.

Con el tiempo creo haber sido capaz de entender qué era lo que ocurría: a Raiden, al final del juego, le revelan que todo es un fiasco. El incidente en la planta petrolera no era más que una simulación para tratar de recrear los acontecimientos de la anterior entrega de la saga y convertir a Jack (Raiden) en lo que no era: una réplica perfecta del héroe de la saga, Solid Snake; y si habíamos prestado un poco más de atención podíamos recordar detalles como que Jack en principio no tiene experiencia de combate, sino que había pasado por algo llamado entrenamiento VR (o lo que es lo mismo, de realidad virtual); también al final del juego Raiden descubre con estupor, desnudado y privado de todo lo que le podía servir para salir del apuro que el Coronel y Rose que conocía no existen, son IA’s, personajes de ficción que por un momento rompen la cuarta pared y hacen sentir al protagonista la incómoda sensación de que nada de lo que está experimentando es verdaderamente real.

Si tan poco gustó Raiden es por un motivo muy sencillo: Raiden en realidad no era Jack, Raiden éramos nosotros: los jugadores. Y lo cierto es que ninguno de nosotros es un héroe. Somos, casi con total seguridad y en el mejor de los casos, gente normal, y cosas mucho peores en el peor de ellos. Raiden desagradó porque nos destapó una verdad incómoda: no nos gusta jugar para ser nosotros, sino para ser alguien distinto. Nos gusta jugar para tener fantasías, para evadirnos de la realidad en esas otras, virtuales, distintas, ficticias, falsas, que nos permiten ser, aunque sea durante un ratito, un héroe de guerra legendario, un cazador de demonios, o un ninja experto en artes marciales. Lo que no queremos es, bajo ningún concepto, ser jugadores mientras jugamos, y que jugando, el mismo juego nos prive de la posibilidad de evasión que buscamos recordándonos y lanzándonos a la cara que no somos lo que queremos ser, sino solo lo que somos; que apretar un gatillo y matar a alguien es mucho más difícil de lo que parece y luego te deja destrozado; que lo que hacemos la mayor parte del tiempo es sentir miedo; y que todos tenemos un cuerpo y es muy fácil terminar desnudos, sin nada puesto salvo nuestra propia piel, con frío y ganas de volver a casa.

Nadie quiere ser Raiden porque YA lo somos, siempre lo hemos sido, y muy probablemente moriremos siéndolo. Siendo gente normal, incapaz para lo extraordinario, chicas y chicos con trabajos normales, rutinas aburridas y problemas mundanos. Lo cierto es que, si era imposible sentirse identificado con Raiden es única y exclusivamente por este motivo: ya somos Raiden y uno no puede identificarse con lo que ya es, sino solamente con lo que puede llegar a ser.

¿Para qué jugamos, entonces? ¿Para huir de la realidad? ¿Para entretenernos? ¿Para enriquecernos a nivel personal o sólo para anestesiar el cerebro y liberarle durante un poco de tiempo, aunque sea solo durante un par de horas, antes de que tenga que volver a la gris y triste realidad de la que tan cansados estamos y tan poco nos gusta?

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