Introducción a la Deep Web

La Deep Web representa el 96% de internet, frente al 4% que conocemos y contiene todas las páginas no indexadas, es decir, que no pueden registrarse de forma ordenada para elaborar un índice. Es por esto que los buscadores de lo que se denomina “la superficie” no las muestran.

A la Deep web podemos acceder mediante el navegador “Tor” que asigna proxys para permitir que nos movamos por la red de forma anónima, sin que se pueda rastrear nuestra dirección. Un proxy es una red informática que permite que un dispositivo realice una acción en representación de otro, es decir, que si solicitamos un recurso, lo hacemos a través de otro dispositivo, con lo que no se sabe de dónde procede originalmente la petición.

Es por esto que, al no haber restricciones, en esta parte de internet podemos encontrar un gran mercado negro para drogas o armas de contrabando así como pornografía infantil, asesinos a sueldo, libros sobre sintetización de drogas y un largo etcétera. Por ejemplo, la “Silk Road” era una página “famosa” en la Deep Web por comercializar todo tipo de drogas (hasta que el FBI la cerró hace unos meses). Estas transacciones se realizan mediante bitcoins (sobre los que ya hablamos en entradas anteriores).

drogas

Sin embargo, no toda la información contenida en la Deep web es de esta naturaleza, también podemos encontrar “people finders” es decir, listas de profesionales de todas las disciplinas, todo tipo de directorios incluyendo e-mail y listas de teléfonos,  información legal, patentes, diccionarios, bibliotecas o simplemente archivos multimedia que no se identifiquen de forma clara, lo que hace imposible que sean indexados y los mantiene contenidos en esta parte de internet.

Para adentrarnos en la Deep web lo primero que debemos hacer es descargar el programa antes citado, el “Tor”, ya que las URL (el modo de localizar recursos en internet) de esta parte de internet se caracterizan por tener la extensión “.onion” en vez de “.com”,  la cual queda restringida para otros navegadores como Chrome o Firefox. Tras ello deberemos crear un correo de Tormail con el que identificarnos ya que, si usamos el correo que utilizamos normalmente (Hotmail, gmail, etc) nos pueden rastrear. Por último, debemos entrar en RoundCube (que es la plataforma más rápida y sencilla para este propósito).

Todas estas precauciones deben tomarse por el filtro Echelon, que funciona buscando palabras clave que puedan disparar la alarma. De hecho, se estima que unos tres mil millones de conversaciones son interceptadas a diario.

Así pues, una vez en el Tor, ya sólo debemos escribir “site:onion.to” y la palabra clave para lo que queramos buscar.

Algunas de las páginas más conocidas en la Deep web son “The Hidden Wiki” que nos da acceso a páginas de todo tipo, “Torbook”, una red social anónima, “Black Market Reloaded v3.0”, mercado online como Ebay pero sin ninguna restricción en lo que podemos comprar, “The Abbys” y “Deep Oblivion” dos de los mejores buscadores, “HidenWut”, que contiene temas de filosofía, ocultismo, etc y “CebollaChan” una especie de 4Chan en la Deep Web.

yo entr�� a deep web

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ORALIDAD, ESCRITURA Y ELECTRÓNICA (II)

¿Qué es leer? Por lo pronto, se trata de una faena utópica[1]. Toda escritura es a un tiempo deficiente y exuberante, pues si bien dice menos de lo que se quiere, por otra parte aporta más de lo que se ofrece. Dejemos para otro momento el tema de la exuberancia. Entender un texto significa completarlo con lo que no está ahí, darle con-texto, radicarlo en una situación vital y en una coyuntura histórica. No es posible leer entendiendo sin tener presente la vida individual del que lo escribió, y que a modo de trampolín nos lleva hacia la inteligencia del texto. Ante todo es preciso leer lo que no está escrito, sino como latente detrás de lo escrito. Hay que adivinar el espíritu que está animando la letra. Llevar esto a sus últimas consecuencias implica una reconstrucción biográfica, sociológica e histórica del texto. Piénsese en lo que sería la historia de la filosofía si en lugar de aprender  un conjunto de ideas que se suceden unas a otras – y aunque unas fueran crítica y solución de otras quedando así encadenadas –, si en lugar de eso las ideas sólo fueran el precipitado vital de unos hombres cuya estructura vital e histórica se considerase la base de la aparición de las nuevas ideas. ¿Es esto posible? ¿Hasta qué punto podemos transmigrar a otras vidas y otras épocas?

Pensemos ahora en una red social como Twitter. En una entrada podemos emplear 140 caracteres. No es habitual agotarlos todos. Una o dos oraciones suelen bastar para publicar un tweet. Invito al lector a hace un experimento: estar atento a todos los tweets cuando ocurra algún acontecimiento importante. Una frase determinada sobre el asunto quedará en Twitter y los retweets estarán al caer. Esto se repetirá varias veces. Al poco se habrá creado una opinión pública en la red.

Sobremanera evidente es el deficiente estado de educación actual. Los institutos son centros de ingesta y excreción sin apenas nutrientes. Poca cosa queda, mucho se olvida; y lo único importante es una buena media para acceder a una buena carrera para tener un buen trabajo y así no vivir del cuento. Invito a hacer otro experimento: pregúntese a un buen número de estudiantes de instituto y universitarios sobre una variedad de temas, y sobre todo sobre aquello en lo que no han decidido especializarse. El resultado: lagunas tremendas sobre la propia historia de España, sobre ciencia, sobre cómo hablar y escribir bien[2]… Pues bien, imaginemos ahora a estos estudiantes sin apenas conocimientos sumergidos en la red. No hace falta leer un libro entero. No es preciso reconstruir el con-texto, adivinar los pre-juicios que animan los juicios.  Sólo hay que leer una frase que muchos han publicado sobre cierto acontecimiento importante y dejarse llevar por la corriente.

Quizá el ejemplo que elijo suscite enérgicas reacciones. No quiero establecer aquí una postura por completo a favor o enteramente en contra, sobre todo teniendo en cuenta que la realidad siempre tiene matices. Lo único que pretendo es señalar el fenómeno que aquí denuncio: la formación de una esfera de opinión sustentada en la superficialidad. La muerte del líder sudafricano Mandela ha hecho eco en todo el mundo, pero es muy poco lo que de verdad se sabe sobre Mandela. Numerosas publicaciones de despedida llenaron los muros de Facebook y Twitter. Parecía que había muerto un santo. Pero al hablar en persona con todos aquellos que han visto todas esas publicaciones en la red, nadie sabía realmente nada sobre Mandela… sólo que fue un hombre que liberó a los negros en Sudáfrica y que eso es digno de admirar. Y esa frase colma las exigencias intelectuales de la masa. Una frase es suficiente para erigir a un santo.

Platón decía de la escritura que es como si estuviera viva, pero que permanece en silencio si se le interroga (275e). El texto, a diferencia del diálogo personal, no se puede defender sólo, y hay que reconstruirlo e integrarlo en un todo. Peor es el caso de la información de estas redes sociales,  reducción de un texto a una o dos frases que  elevan la victoria de la superficialidad  y la mera opinión. Ya no se trata del peligro de la erudición frente al saber, sino del de la mera opinión como modo de pensar que ni siquiera alcanza la erudición. Sólo puede entenderse  a Mandela reconstruyendo su vida, y ésta no se entiende sino a la luz de la historia de Sudáfrica desde la llegada de los holandeses en 1652.  Luces y sombras… ¿Qué pasa con el brazo armado del ANC, UmKhonto we Sizwe, organización responsable de diversos atentados y detonante la la inclusión de Mandela en la lista de terroristas por parte de Estados Unidos? Por supuesto, el problema no es que se desconozca este posible claroscuro –  y digo posible porque mi intención no es tomar partido – sino que se desconozca todo en general, tanto lo bueno como lo malo, y nos quedemos sólo con un eslogan.

El asunto se agrava aún más cuando se incluyen imágenes. La perspectiva lo es todo. Cierto número de personas, visto desde arriba, son cuatro gatos, pero tomados desde abajo y de frente puede resultar una multitud. Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Si lo que se mide es su valor de persuasión, puede ser muy cierto. En cuanto al valor de verdad, nada más lejos de la realidad. Pensemos en el impacto en la opinión publica de frases-eslogan junto con imágenes persuasivas en asuntos como revueltas, manifestaciones y huelgas. El ejemplo que he elegido es menos comprometedor, pero igualmente iluminador.  “El grupo de música X reventó ayer el Palacio de Vistalegre”, dice el titular de una noticia publicada en la propia página del grupo. A la noticia acompaña un fotografía tomada desde un ángulo tal que la pista parece rebosar. Siendo sincero, habiendo asistido a dicho evento, la verdad es que el grupo no reventó nada… El lugar se llenó poco a poco… al principio apenas había gente… y muy pocas personas hacían cola con horas y horas de antelación  tal y como consiguió ese grupo hace algunos años. Es, cierto, al final hubo un número considerable de personas, pero para nada cerca del lleno absoluto. Nada reventó.

En fin, la escritura electrónica vía redes sociales no estimula el pensamiento crítico ni la construcción del saber frente a la erudición. Sólo puede tener un papel positivo: Dar cuenta de que existe un acontecimiento que ya está siendo interpretado. Esto tiene que animarnos a investigar sobre lo que se ha escrito, examinando escrupulosamente la realidad.

 


[1] Véase ORTEGA Y GASSET: ¿Qué es leer?

[2] Recuerdo cuán penoso me resultó cierto cursillo extra de la facultad en el cual se enseñaba a comentar un texto y a redactar con cierto orden y sentido. Bastante grave es que los estudiantes de filosofía no sepan escribir bien un trabajo o un examen.

El Espíritu Hacker

Al hablar de Hackers a todos se nos viene a la cabeza el prototipo de persona que se nos ha vendido en infinidad de medios, entre ellos las películas, de un tipo escuálido, con gafas de pasta, empollón, con nulas capacidades sociales, y como rasgo importante, gran amante de la tecnología y de todo lo que puede conocer de ella. En España se han denominado estás personas como “frikis” (por una mala compresión de la palabra inglesa) y es lo que los americanos llaman “nerd”. Obviamente, esto es un prototipo de hackers que está muy estereotipado y cualquier reflejo con la realidad es pura casualidad pero lo que si tiene de cierto, a mi parecer, es que son gran amantes de la tecnología y de todo el potencial que pueden sacar de ella.   

Existen varios tipos de hackers:

–          Los coders: que crean programas informáticos

–          Los segurity hackers: tratan de sortear las protecciones de un sistemas (esta es la imagen más difundida de los hackers)

–          Los hackers de hardware: que modifican los componentes de las máquinas para mejorar las existentes o construir unas nuevas.

–          Geeks: que no saben modificar código pero se encargan de modificar video, audio y texto.    

Ahora os planteo la siguiente pregunta: ¿Qué diferencia hay entre estos tipos de hackers y el creador de Facebook, Mark Zuckerberg, o Bill Gates, fundador de Microsoft?

Mi respuesta es que esencialmente no hay ninguna diferencia, y me explico; para mi todos ellos aman, como hackers que son, la tecnología, tal y cómo los he definido anteriormente, y todo lo que pueden obtener de ella, el problema para mi radica en el fin para el que utilizan esta tecnología. Tanto Bill Gates como Steve Jobs, fundador de Apple, por poner otro ejemplo que no sea Mark, utilizan esta tecnología con el único fin de ganar dinero y tener el mejor producto, defendiendo, claro está, el bien del mercado libre y competitivo, sin embargo, los hacker “más puristas” defenderán el libre conocimiento y la libertad de software (dependiendo de qué tipo de hacker sea puede defender otra causa) como defensa de la libertad del mercado y la competitividad de este. Es aquí, aunque de una forma muy sutil, donde radica la gran diferencia entre los hackers. Ambos se vanaglorian de la libertad, una libertad “sin barreras”, pero unos  acotan a sus productos, es decir, nadie excepto yo (creador del producto) puede modificarlo. Y los hacker “más puristas” quieren echar el guante a los productos y modificarlo a su gusto, acotarlo a su gusto.

Con este final abierto termino, pues no quiero dejar constancia de lo que yo puedo pensar sobre esto, sino quiero que os planteéis que es lo que vosotros querríais; o que os vendan productos que solo unos poco pueden modificar y cambiar (los que los producen, básicamente) o que os vendan unos productos que puedan modificarse totalmente por quien los usa, y puesto que no creo posible que en el mundo en el que vivimos nos podamos apartar de este tipo de tecnología, porque está claro que la tecnología, en términos generales, es inmanente al hombre y cada vez éste está más inmerso en ella, es algo sobre lo que debemos reflexionar. 

ORALIDAD, ESCRITURA Y ELECTRÓNICA (I)

La memoria era para Aristóteles una facultad privativa de cierta clase de animales. Algunos, además de sensación, poseen memoria, pero otros no; y los bendecidos con semejante don son más inteligentes que el resto (980b1).  Aristóteles pensaba que la memoria era el receptáculo de la variedad de estímulos sensoriales, receptáculo en el cual la atención – determinada ya por los sentidos – fija unos aspectos de la realidad percibida y omite momentáneamente el resto. Sobre estos materiales puede luego actuar ese intelecto agente, responsable de la aparición del conocimiento conceptual y raciocinante, e ir más allá de lo meramente sensual.

Asombrados como estaban  los griegos por el descubrimiento de la actividad racional, no es de extrañar que uno de estos intrépidos pensadores, Platón, desconfiase de cualquier realidad que hiciera peligrar el buen funcionamiento de la memoria, tan importante para la aparición y conservación del conocimiento inteligible en el alma. El mito de Theuth nos presenta una oposición entre la memoria – μνήμη – y el mero recordatorio, esto es, entre lo interno y lo externo. La escritura, conjunto de caracteres externos, más que fármaco para la memoria frente al olvido, es el aliado de éste último (275a). Lo que está haciendo Platón es comparar la oralidad con la escritura.

La oralidad, la de los poetas – no los poetas actuales, sino los poetas épicos, constructores de la mitología que cimentaba las creencias y normas de las civilizaciones -, esa oralidad echaba mano de un conjunto de recursos auditivos tales como el ritmo para facilitar la memorización de lo que transmitía la tradición.  Tal es el caso de las comunidades tribales, en las que de generación en generación se transmiten los conocimiento míticos mediante poemas acompañados incluso por música. La única forma de recordar era hablar, esto es, decir lo que se ha dicho siempre, lo que han repetido los sabios de la tribu desde tiempos inmemoriales. “Cuando un pueblo es joven y se está haciendo, es cuando tiene sobre él mayor influjo positivo el pasado.”[1] Y se trata de “un pasado tan largo, de tan vago y remoto horizonte, que nadie ha visto ni recuerda su comienzo. En suma. Lo inmemorial.”[2]  “Uno de los pueblos más primitivos que existen es el de los indígenas australianos. Si investigamos cómo funciona su actividad intelectual nos encontramos con lo siguiente: ante un problema cualquiera, un fenómeno de la naturaleza, por ejemplo el australiano, no busca una solución que por sí misma satisfaga a la inteligencia. Para él, explicarse un hecho, verbigracia, la existencia de tres rocas en pie sobre la llanura, es recordar una narración mitológica que ha oído desde su infancia, según la cual en la antigüedad, o, como ellos dicen, en la alcheringa, tres hombres que eran canguros se convirtieron en aquellas piedras.”[3] Ortega nos muestra que el hombre primitivo no se sirve de su racionalidad, sino que recurre a toda una tradición mitológica que determina la actualidad del mundo. El hombre se muestra incapaz de desentenderse de la colectividad para explicar con su sola razón los problemas que se presentan. Continúan diciendo Ortega lo siguiente: “la colectividad aparece como algo de origen inmemorial. Ella es la que piensa por cada uno, con su tesoro de mitos y leyendas transmitido por tradición; ella la que crea las maneras jurídicas, sociales, los ritos, las danzas, los gestos. El australiano cree en la explicación mitológica precisamente porque no la ha inventado él, precisamente porque no tiene buen sentido racional. La reacción de su intelecto ante los casos de la vida no consiste en afrontar un pensamiento espontáneo y propio, sino en reiterar una fórmula preexistente, recibida. Pensar, querer, sentir, es para estos hombres circular por cauces preformados, repetir en sí mismos un inveterado repertorio de actitudes.”[4]

La oralidad mitológica es un modo de interpretar el mundo e interpretarse a sí mismo, y posee sus propios recursos nemotécnicos, todos ellos asociados con lo que se dice y se oye, como lo son el ritmo y el acompañamiento musical.  Conviene recordar cuán poderosa fue la técnica memorística oral aun cuándo la escritura ya se había asentado en Occidente. Recordemos la sorpresa de San Agustín en sus Confesiones, cuando encuentra al obispo Ambrosio leyendo en silencio. Hasta entonces era normal leer en voz alta.  Si tenemos en cuenta que en la escritura antigua no había espacios entre las palabras, ni signos de puntuación, no es de extrañar que la forma más sencilla de leer fuera hacerlo en voz alta. Pronunciar las sílabas significaba reproducir el texto en su oralidad, pudiendo distinguir así dónde empieza y dónde terminan las palabras y las oraciones, tarea imposible con el sólo recurso visual. Sólo cuando se introdujeron los espacios entre las palabras pudo la mente relajar su esfuerzo oral-auditivo para aprovechar los recursos visuales.

Ahora bien, no es la oralidad mítica la clase de persistencia en la memoria que Platón quiere salvar frente al peligro de la escritura. Más bien, se trata del conocimiento forjado por sí mismo, y de carácter inteligible. Es cierto que el conocimiento platónico tiene también un origen inmemorial: la visión de las ideas antes de nacer. El conocimiento en vida no es sino la reminiscencia de esa visión anterior, y la conservación de lo recordado, la conservación en esta vida de qué sea lo justo o lo bueno o cualquier otra idea, es lo que Platón no consiente perder. La escritura se presentaba como una memoria externa que hacía superfluo el esfuerzo de la mente. ¿Para qué memorizar algo si ya está conservado en un papiro, o en un pergamino? Frente a la sabiduría  real, se acaba teniendo una sabiduría aparente,  “habiendo oído [ mejor dicho, leído] muchas cosas sin aprenderlas” (275a-b). A mi juicio, se está jugando aquí la distinción entre erudición y sabiduría. Alguien que posee muchos datos es un erudito, pero quien elabora un sistema con ellos, quien les dota de íntima trabazón  y genera un sentido, ese es sabio. La sabiduría sólo nace de la memoria interna, que necesita del tiempo para precipitar en el alma. Es menester retener en la memoria la información y reabsorberla una y otra vez para ponerla en conexión y extraer algún sentido. Sin embargo, la escritura, algo externo, solo es un recordatorio, y no puede aspirar a suplantar a la memoria, y debe limitarse a auxiliarla. De lo contrario, es imposible que aparezca la sabiduría. Los datos irían y vendrían, e incluso al tonto engañarían, pero en verdad algo que no reposa en el alma no decanta ninguna sabiduría.

Ahora, en el siglo XXI, hemos desbordado con creces las posibilidades comunicativas. Estamos en la edad tecnológica, e Internet y la electrónica en general nos permiten disponer de la oralidad y de la escritura de un modo bien distinto. Oralidad y escritura quedan filtradas en la electrónica: la primera, por ejemplo, a través de las videollamadas, Skype; la segunda, a través del conjunto de las redes sociales y de Google como buscador universal de datos ¿Qué ocurre con Internet? ¿Amenaza de algún modo la memoria y la sabiduría humana, o son todo ventajas?


[1]    ORTEGA Y GASSET: El tema de nuestro tiempo (apéndice titulado El ocaso de las revoluciones), Espasa Calpe, Colección Austral, Madrid, 2003, página 160.

[2]    Ibid.

[3]    Ibid. página 161.

[4]    Ibid. página 162.

 

Reyes del cosmos o la importancia de una identidad estética

The+King+of+All+Cosmos

En mi etapa de otaku más extrema y embarazosa, esa que debido a que no he sido capaz todavía de superar me hace seguir dándole vueltas a estos temas, llegué incluso a hacer cosplay. Podría haber elegido muchos personajes; por aquel entonces consumía manganime a un ritmo enfermizo y muchas eran las series que me gustaban lo suficiente como para tomar la comprometida decisión de disfrazarme de algo basado en ellas. Sin embargo, dejé de lado las series y los cómics, y elegí un videojuego: Katamari Damacy. Lo cierto es que quizá si mi elección hubiese sido otra, a lo mejor hoy me sentiría avergonzado, o sería algo que procuraría tratar de ocultar. Pero no, para empezar porque una nunca debe renegar de lo que ha sido, en parte porque seguramente lo sigue siendo, y para seguir, porque seamos sinceros: Katamari Damacy es la leche y yo iba disfrazado de su protagonista, el Rey de Todo el Cosmos.

Aquel día lo pasé tremendamente bien. Llevé durante poco tiempo el disfraz pero el rato que lo tuve puesto fue tan divertido que el recuerdo que guardo de él es de esos de los que me dibujan una sonrisa en la cara cuando los recuerdo. No iba vestido de ninguna de las series trilladas, manidas y aburridas del momento; no me disfracé de Naruto, ni de Bleach, ni de Dragon Ball; fui disfrazado de un juego tremendamente pintoresco, raro, absurdo, divertido y, sobre todo, carismático.

Os estaréis preguntando qué demonios tienen que ver mis penas y glorias con el mundo de los videojuegos. Pues aquí va mi tesis: hace falta, y hace falta YA que los videojuegos empiecen masivamente a disfrazarse de Reyes de Todo el Cosmos.

¿Qué?

Pues que estamos posiblemente en el momento más importante de la historia de lo que ya no es solamente una industria, un mercado o un ámbito de puro consumo sino un medio con un tremendo potencial y unas posibles implicaciones  enormes en la historia, no ya del ocio o el entretenimiento, sino de la estética contemporánea en general. Los videojuegos por fin están madurando, están dejando de ser, como fui yo, ese adolescente cargante, flipado y cansino que parece sólo estar preocupado por las banalidades violentas, excesivas y efectistas. Los videojuegos por fin son ya, todavía no ese adulto con recursos y las cosas claras, pero sí ese chaval de 18-19 años que a pesar de todavía tener bastantes pajaritos en la cabeza ha logrado formarse ya algunas pocas ideas claras sobre lo que piensa sobre el mundo, sobre sí mismo y sobre la dirección que deben tomar ambos.

El mundo del ocio interactivo está en exactamente ese momento donde lo que más debe preocupar es ser, como el Rey de Todo el Cosmos, distinto, pintoresco, raro, absurdo o divertido, pero sobre todo, carismático. Y el carisma, que es la fuerza y atractivo elevados del carácter y el estilo propios es lo que más nos urge buscar y encontrar. Gráficos y sonido son categorías que están más que obsoletas —siempre lo estuvieron, la verdad— para valorar y analizar adecuadamente lo que a día de hoy es mucho más que mero pasatiempo y o afición. Pero empieza a ocurrir que jugabilidad o diversión también son categorías en las que debemos dejar de pensar como lo hemos hecho hasta ahora, dejar de pensar en términos de, por ejemplo, que esto de jugar debe ir necesariamente asociado a sensaciones positivas de placer y gusto y no quizá de otras un poco más profundas, complejas o sofisticadas. Porque de lo que nadie duda es de que esto es ocio, pero como David Foster Wallace apunta cuando habla sobre este tema, ocio son muchas cosas, tanto televisión como literatura, y aunque una no es necesariamente mejor que el otra, sí que lo será dentro de cada uno de esos ámbitos aquello que no se quede en el conformismo descerebrado del mero entretenimiento, el tenerse entre, ni aquí ni allí; ese estado de embotamiento y torpeza en que queda sumida la conciencia cuando apagamos el cerebro y ponemos el piloto automático, cuando llenamos el tiempo haciendo algo que consiste básicamente en no hacer nada.

Necesitamos más que nunca cosas como, por ejemplo, empezar a dejar de hablar de Activison, EA,  o Ubisoft y buscar activamente un tipo de discurso distinto en el que se le conceda la importancia y la posición privilegiada no a las empresas y megacorporaciones que viven de generar productos, sino a los nombres propios de la gente a la que lo que le preocupa es hacer buenos juegos. Necesitamos empezar a articular un discurso que conceda relevancia a la figura del autor y del artista. Debemos empezar a hablar de Kojima, de Levine, de Kamiya, de Newell, de Suda, de Miyamoto, de Phil Fish; no de Kottick, ni de Riccitiello, ni de Guillemot. Tenemos que empezar a ser un poco más críticos y conscientes; dejar de pedir Assassin’s Creeds, Call of Duties o Uncharteds; dejar de lado lo manido, lo inerte, lo entretenido; no tanto porque estos juegos sean malos como porque ya se han hecho, y estando mejor o peor, son terreno ya explorado.

Y lo que pasa es que todo este texto en realidad no vale un pimiento, ¿sabéis por qué? Porque esto de lo que hablo ya ha ocurrido, de hecho, sal de aquí y observa: el nuevo videojuego está ocurriendo exactamente ahora mismo.

El problema de la identidad

Cualquiera de nosotros sabemos y entendemos que en diversas situaciones uno debe o tiene que comportarse de distintos modos, es decir, nuestra identidad varia dando distintas visiones de nosotros mismos según las distintas situaciones que se den en el entorno social. Por poner un ejemplo, una persona no se comporta, ni habla del mismo modo, cuando trata con un jefe que cuando está con sus compañeros de trabajo o con su familia, etc. Incluso vemos como las identidades evolucionan, tu compañero de primaria no es igual ahora, que cuando erais pequeños. La identidad es un progreso que surge de un devenir de uno mismo junto con aquellos que contribuyen a nuestro conocimiento. Aquí surge un grave problema cuando uno trata de ser miembro de una red social, en este caso pondré el ejemplo de Facebook, ya que ésta como muchas otras trata de limitar estás “visiones” de uno mismo.

La idea de identidad que muestra esta red social es la que defiende el autor de la misma, Mark Zuckerberg. Este señor, por denominarlo de algún modo, defiende que se posee una identidad y que hacer uso de varias identidades o de varias “visiones” de una tu identidad es una falta de integridad. ¿Qué ocurre ahora? ¿Qué pasa cuando vemos esta idea de identidad reflejada en una red social como es Facebook? Sostiene que tener una sola identidad es necesario para no engañar a los demás. Al defender que sólo existe una identidad y suponiendo que sólo hay una, ésta no tiene nada que ocultar, lo privado puede ser totalmente público. Su justificación es que esta privacidad pública hará mejores a las personas y más tolerantes. Todas estas justificaciones llevan a Facebook, que será el punto de encuentro de todas las particiones de nuestra identidad y es donde se hará  una identidad integra y única. Tanto él, cómo el grupo de personas que forma Facebook, entienden que uno debe tener una sola identidad, -total, nadie tiene nada que ocultar y si lo tiene, es porque no es el mismo. Si esto es así, ¿por qué no hacerse un perfil es Facebook?- 

¿Por qué hacen esta defensa a ultranza de la identidad única que puede ser pública? ¿Realmente quiere una sociedad “mejor”, más tolerante? Todo esto es una falacia por parte del creador de Facebook y el grupo de personas que integra la empresa. Todo lo que se da en esta red social es público pero vigilada por una empresa privada. Qué contrariedad, ¿no? ¿No será que Facebook utiliza esa información “pública” para poder venderla a terceros a cambio de poder hacer una publicidad personalizada para cada usuario? ¿No utilizará toda la información que recogen de los usuarios (Big data) para poder venderlo a cualquier empresa o gobierno? Dejando el sarcasmo a un lado, está claro que el único fin que tiene Facebook para los que desarrollan red social, entendida como la empresa qué es, es sacar el mayor beneficio de los datos que tienen sin tener en cuenta si esto es perjudicial para los usuarios o no, y cómo puede llegar a afectarlos.  

Lo público gestionado por la red social queda desdibujado  ¿Dónde queda ahora el ideal de libre conocimiento organizado con la que surgía todo?

ULISES FRENTE A ROY

De una antropología homérica a una antropología ciborg

Este tercer artículo sigue en la línea del análisis comparativo entre nuestra instancia cibercultural y las instancias previas de las que emerge, ya no entre el sujeto liberal moderno y el usuario, como se hice en el primero, tampoco entre las matrices de producción cultural entre ambos modelos de auto-comprensión. Sin embargo aquí iremos mucho más allá: enfrentaremos dos modelos antropológicos producidos cada uno por una sociedad y una etnia que se distancia de la otra no más ni menos que 3000 años; pero teniendo en cuenta que cada uno muestra lo que significa ser humano en una sociedad primitiva y en una sociedad tecnológica.

El primer modelo va a estar representado por Odiseo, más conocido popularmente por su nombre latino de Ulises, protagonista del poema épico homérico de La Odisea, el cual representa una cultura mucho anterior a lo que será la Grecia clásica (sobre el S.VIII a.C.)en donde prima la transmisión cultural oral a la escritura. El segundo paradigma se recogerá bajo la figura de Roy Batty, Antagonista en el film Blade Runner (1982) de Ridley Scott basado en la novela Do Androids Dream of Electric Sheep? De Philip K. Dick.

Ulises es un héroe griego, lo que significa que es descendiente de los dioses Olímpicos (más en concreto es nieto de Eolo por parte de su padre Céfalo, y de Hermes por parte de su madre) por lo que representa la esencia misma de la atmosfera mitológica griega. Roy, por el contrario, es el líder de los replicantes de serie Nexus 6, unos androides biogenéticos creados por la Tyrell Corporation, por lo que en su lugar, refleja o alumbra la condición de tecnogenia del hombre contemporáneo.

Al comienzo de ambos relatos (épico, La Odisea; y cinematográfico, Blade Runner) los dos personajes acaban de librarse de su condición de esclavos. Ulises pasa siete años capturado por la ninfa Calipso tras el fin de la guerra de Troya, mientras que Roy escapa de su esclavitud en Marte. La gran diferencia es que en su condición inicial, Ulises es el legendario rey de Ítaca, forma parte del nivel más alto de humanidad que se puede alcanzar en esa sociedad y que viene directamente legitimado por su condición semidivina; sin embargo Roy es creado por los humanos para ser un esclavo, por lo que su condición de “creado por humano” le rebaja e incluso le expulsa de los límites de la humanidad, que al igual que en el mundo griego es el único espacio reservado para la “libertad” (de ahí que sea esclavo)

A pesar de que uno es hijo de los dioses, de sus actos, y el otro es hijo de los hombres, de su acción técnica, sus caminos les llevan a compartir el espacio de los humanos. Ambos son “creados” directamente para ser formidables guerreros, Ulises lo demuestra siendo una de las piezas más decisivas en la Ilíada y Roy gracias a su “Nivel Físico A” no tiene ningún oponente a su altura. La guerra como el oficio más digno para cualquier hombre en el Egeo, y como el oficio más deplorable para cualquier hombre en el Sistema Solar (por eso se crean androides se suplan esa función).

Otro carácter compartido por ambas figuras es que su inteligencia no tiene comparación entre los hombres. En el caso de Roy, esto, junto a su inigualable nivel físico, le convierte en un “superhumano” pero para los humanos ese “super” es la barrera que lo separa de la humanidad, porque según esta concepción no es ni la habilidad física ni la razón la que te convierte en un humano, pero si en su “hijo prodigo” tal como le dice su creador J. F. Sebastian. Odiseo es conocido en la mitología griega como el culmen de la inteligencia, lo que se sirve para superar todos los obstáculos que les pone los dioses envidiosos de su condición.

Un de las claves del asunto es que, mientras el relato de la Odisea consiste en la “vuelta a casa” de Ulises, es decir, al lugar que le corresponde dentro del cosmos; Roy no puede volver a su hogar básicamente porque no tiene algo así. Los replicantes no tienen un lugar en el universo, lo viene a significar fundamentalmente es que habitan en la utopia de la humanidad que les ha puesto en ese mundo; pero a pesar de ello hay un camino que recorre Roy ¿Pero cuál?

El camino de Ulises le lleva por un sinfín de aventuras en las que tiene que “demostrar” que vale para ocupar su lugar en el mundo, llegando a tardar 10 años en ese viaje de vuelta. Roy no tiene que demostrar nada a nadie, sino que tiene una tarea más importante: apropiarse de su vida. Los replicantes fueron programados para tener una duración de cuatro años, que no una vida de cuatro años; pues los replicantes no tenían vida, por lo que no se les podía matar sino retirar. Es por ello que en el caso de Ulises se trata de recuperar la vida, mientras que en el de Roy, de conseguirla.

Al final del camino de ambos es cuando se explicita toda la trama narrativa de ambos relatos, sucediendo algo que los unirá fuertemente y los distanciará más de lo que lo puede hacer el tiempo .En el caso de Ulises, mientras está escondido en un arbusto se convierte en testigo de su propia historia mientras la narra alguien que no es el. Entonces se le escapa una lágrima, dándose cuenta de que su vida ya no le pertenece a él, sino a la historia, a la posteridad, a la humanidad. Curiosamente en el momento de morir, Roy le narra los acontecimientos más grandes que le han ocurrido a lo largo de su corto pero intenso “camino”, acontecimientos que superan por mucho la experiencia de cualquier humano. Es entonces cuando dice la famosa frase “y todos estos recuerdos se perderán como lágrimas en la lluvia… es hora de morir” dándose cuenta que ha ganado su vida, a costa de arrebatársela a la historia y que se desvanezca junto a él.

Por Javier Anta Pulido